DOMINGVS CLXXI

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De la serie Tauromaquia
Pablo Picasso

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IGUAL, IGUAL

Como el insecto que ignora que lo es y se esfuerza por cumplir la tarea con su estirpe.

Como las puertas que no saben si fueron colocadas para entrar o salir. “Perded toda esperanza” “prohibido el paso”
o “entren sin llamar” y otras mentiras, pone siempre.

Como la tarde, ahíta de suspiros, que imita en el color a la mañana pero le es imposible reproducir su olor o su futuro.

Como el rompecabezas, todo temblor y miedo, que odia su última pieza cuando se le aproxima para dejarlo quieto e inservible.

Como la taza de café vacía, que llora con amargo recuerdo su aroma de suicida y el sabor de los labios.

No sé si así es la vida
pero el poema se parece mucho.

Enrique Gracia Trinidad

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Comentó que la trama era muy sencilla, era la historia entreverada de dos destinos, un individuo que rompía el cordón umbilical y otro que volvía al seno materno. Era una simple ejemplificación de dos mitos antiguos: el del hijo pródigo que regresa a casa, el individuo que no ha sabido o no ha querido amar ni retener el amor que se le ofrece y vuelve en busca de la querencia inicial, y el del desterrado, quien cree en el amo y al ir en su busca rompe definitivamente con todos los lazos que lo atan, sin encontrar nunca un presente válido. Comentó que el mundo se dividía en dos grandes categorías, los que se iban y los que se quedaban: las aristotélicas hormigas y su afán de permanencia, y las platónicas cigarras a quienes ineludiblemente se las cargaba la chingada.

Sergio Pitol, El tañido de una flauta

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Un cuerpo con un nombre: amor. Un cuerpo con nombre y apellido: poder.
Un cuerpo sin nombre: instinto.

Luis Felipe Fabre

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La culpabilidad trágica toma forma en el constante choque entre la antigua concepción religiosa de la fechoría como profanación achacada a toda una raza e inexorablemente transmitida de una generación a la siguiente… y el nuevo concepto adoptado por la ley según el cual se define al culpable como un individuo particular que, al actuar sin ninguna coacción, ha elegido deliberadamente la comisión de un delito.
Jean-Pierre Vernant

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Trompeta: Rubén Simeó
Órgano: A. Amoedo
Catedral de Tuy, 11 de octubre de 2011
(3:34)

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ORIGEN DEL MITO

Ejerciendo de médico en las tierras del Norte, fui reclamado una noche de tormenta para atender un parto. En aquel lugar dejado de la Providencia se han visto muchas cosas extrañas, y no me sorprendió que el recién nacido tuviera cabeza de becerro. Recomendé ahogarlo con un almohadón, pero a los padres les faltó valor. El varón creció y, mucho tiempo después, cuando ya había cumplido quince años, vino a visitarme. Me llamaba «buen doctor», pero había en sus palabras un velo de amarga ironía. Yo no podía apartar la vista de sus astas de toro. «He sabido por mis padres que usted les aconsejó matarme», dijo. «Así es», respondí con todo el aplomo de que fui capaz, pues temía que su propósito fuera vengarse por ello. «Debieron hacerle caso», fue lo último que le oí mugir mientras abandonaba mi consulta. Después supe que, antes de venir a verme, había corneado a sus padres hasta la muerte. También me dijeron que huyó al monte, y que allí construyó una casa de largas e intrincadas galerías para recluirse en su interior, pero ésa es otra historia.

Manuel Moyano

DOMINGVS clxx

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Early Sunday Morning Painting
Edward Hopper

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POEMA DEL DOMINGO TRISTE

Este domingo triste pienso en ti dulcemente
y mi vieja mentira de olvido, ya no miente.

La soledad, a veces, es peor castigo…
Pero, ¡qué alegre todo, si estuvieras conmigo!

Entonces no querría mirar las nubes grises,
formando extraños mapas de imposibles países;

y el monótono ruido del agua no sería
el motivo secreto de mi melancolía.

Este domingo triste nace de algo que es mío,
que quizás es tu ausencia y quizás es mi hastío,

mientras corren las aguas por la calle en declive
y el corazón se muere de un ensueño que vive.

La tarde pide un poco de sol, como un mendigo,
y acaso hubiera sol si estuvieras conmigo;

y tendría la tarde, fragantemente muda,
el ingenuo impudor de una niña desnuda.

Si estuvieras conmigo, amor que no volviste,
¡qué alegre me sería este domingo triste!

José Ángel Buesa

***

Salimos a la calle y aunque todavía daba el sol en los pisos más altos de los edificios, en los ventanales y en esa torre semejante a un faro del hotel Victoria, había una opacidad de cobre al final de las calles y un frío nocturno en los zaguanes de las casas. Sentí la vieja angustia invernal de los domingos por la tarde y agradecí que Biralbo sugiriera en seguida un lugar preciso para la próxima copa. En tardes así no hay compañía que mitigue el desconsuelo, ese brillo de focos en el asfalto, de anuncios luminosos en la alta negrura del anochecer, que todavía tiene en la lejanía límites rojizos, pero yo prefería que hubiera alguien conmigo y que esa presencia me excusara de la obligación de elegir el regreso, de volver a mi casa caminando solo por las vastas aceras de Madrid.

Antonio Muñoz Molina, El invierno en Lisboa

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Quien ríe en viernes, llora en domingo.

Anónimo

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Nos reunimos los fines de semana, antes del domingo, estúpido domingo, el día más triste y pesaroso. El domingo es un día clausurado: la realidad está ahí, sin esperanza, sin adornos, es decir, sin arte. A lo sumo, se puede dormir un rato más, entre el ruido de la ducha del vecino, del ascensor cargado de niños (los niños están sueltos los domingos, y nadie sabe que puede ocurrir con tanta explosión de hormonas) o del teléfono, que siempre suena para anunciar la visita ritual de los suegros, un aniversario olvidado o la enfermedad de la tía abuela que, entre otras cosas, ya tiene ochenta años. El peso de la realidad, eso es el domingo: cuando uno tiene la irremediable comprobación de que el apartamento es pequeño para cuatro personas, de que la falta de espacio crea hostilidad (o la manifiesta), de que se puede comer paella o cordero al horno, de que si se va al cine con el marido una se siente sola.

Cristina Peri Rossi, Desastres íntimos

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LLUEVE CON GANAS

Empezaría a llover hacia las doce, o puede que después incluso; bueno, no sé: qué más da; el caso es que la lluvia sonaba en la ventana y era ya un poco tarde (o muy tarde más bien, según se mire); y al final lo que importa es que lloviese, porque en la vida (o por lo menos yo lo siento así) las cosas pueden ser demasiado distintas según llueva o no llueva, y lo cierto es que anoche llovía. Se había hecho muy tarde y llovía con ganas. Así lo dijo Marta. «Llueve con ganas ¿verdad?». Y al decirlo me abrazó más fuerte, o más por dentro, no sé, debajo de las sábanas que olían intensamente a su piel tibia, a final de domingo, a esas palabras dulces y pesa a todo precavidas que es lícito decirse entre amantes recientes («¿Me quieres? Te quiero. Pues dímelo otra vez. Te quiero. Te quiero mucho»), y borrarlas después sin encono, con disimulo casi, mientras se recuperan pantyso calcetines entre el desorden de la habitación (la ventana empañada por el vaho de octubre), como quien pasa una bayeta gris por el cristal de la ternura.

«Llueve con ganas ¿verdad?» me dijo Marta anoche; y según lo decía me abrazó de otro modo, o más, o muy por dentro, o algo, y yo habría querido decirle: «Sí. Llueve con ganas»; aunque tal vez solo dije «Bueno», o «Está lloviendo un poco, sí»; no sé muy bien lo que le dije; eran seguramente más de las doce, y oíamos la lluvia infatigable correr (hacia dónde) por los patios de octubre y correr más allá por las calles atroces del final del domingo; y a mí me habría gustado decirle a Marta; «Sí. Llueve con ganas», aunque tal vez solo le dije: «Bueno» o «Está lloviendo un poco, sí»; pero sé que lo dije tan dentro de su abrazo, tan a resguardo ya, dentro de esa ternura inusitada que la lluvia, de pronto, había vuelto antigua, que no era deseable, ni posible si quiera, borrar esas palabras precavidas que es lícito decirse entre amantes recientes; y fuera, en la ventana, estaba oscuro, o quizá se notara un poco más de frío dentro de la habitación (ya no quedaba vaho en los cristales), de modo que me oí decirle a Marta: «¿Tienes que irte?»; y al final lo que importa es que la lluvia sonaba todavía por las calles desiertas, tocaba con sus dedos el alero del patio, más fuerte cada vez, y era ya un poco tarde (o hasta muy tarde incluso); y hay veces que en la vida las cosas pueden ser demasiado distintas según llueva o no llueva (o por lo menos yo lo siento así), o así fue como lo sentí anoche, al final del domingo, perdido en la tibieza de las sábanas que la lluvia de octubre había vuelto de pronto reconocible y nuestra, cuando Marta me dijo: «Puedo dormir contigo si tú quieres»; y yo le dije: «Entonces quédate».

«No quiero que te marches».

«Llueve con ganas».

Ángel Zapata

Hedda Gabler

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Después de un mes de marzo en el que mis incursiones al teatro no fueron del todo satisfactorias, ayer de nuevo probé suerte, aprovechando que las calles de Madrid andaban medio desiertas, y me acerqué, muy bien acompañada, al teatro La abadía, a ver la versión de la Hedda Gabler de Ibsen que ha dirigido David Selvas, producida por el Teatre Lliure en coproducción con La Abadía y el CAER Centre d’Arts Escèniques Reus.

Y cuando digo versión no uso esta palabra como forma de decir que es una nueva puesta en escena de esta obra, sino que realmente es una interpretación bastante alejada de la que podría considerarse la representación más fiel de la obra ibseniana (aunque respeta suficientemente el espíritu, que no tanto el texto, original), ya que se han adaptado el contexto interno como los recursos y lenguajes dramáticos al siglo XXI. El resultado, en general, me gustó bastante, aunque había algunas piezas clave que no terminaron de convencernos.

"Fotograma" de Hedda Gabler capturada por Felipe Mena.

El planteamiento de Selvas parece partir de la moderna versión que en 2005 dirigió Thomas Ostermeier para el teatro Schaubühne de Berlín, aunque en ese caso la escenografía, diseñada por Jan Pappelbaum, era bastante más minimalista que la actual, en la que creo que han acertado en distribuir el espacio escénico en zonas de interior y exterior unidas por una caja de cristal (que me recordaba a la caja-jaula de la Lady Macbeth de Mtsensk propuesta por la Nederlandse Opera de Amsterdam, que visitó el Teatro Real hace apenas unos meses); así como la forma de anclarla a un contexto más realista, aunque sencillo, insinuando con apenas unos pocos objetos y electrodomésticos el aspecto que suele tener una vivienda cuando, recién llegados, aún quedan cajas por desembalar y un buen número de muebles por comprar (pese a que en el texto original la casita ya esté perfectamente amueblada y decorada).

Propuesta de Hedda Gabler por Thomas Ostermeier.

Propuesta de Hedda Gabler por Thomas Ostermeier.

Lady Macbeth de Mtsensk por la Nederlandse Opera de Amsterdam

Lady Macbeth de Mtsensk por la Nederlandse Opera de Amsterdam

El papel femenino: Hedda Gabler

¿Qué hacer cuando lo tienes todo pero te sientes metafísicamente vacío? ¿Qué ocurre cuando la felicidad no se traduce en nada más que seguridad? Estos son los pilares en los que se construye el personaje de Hedda Gabler, aunque en su caso estos temas trascendentales que tanto preocupan a la persona del siglo XXI se materializan en una mujer originalmente decimonónica, anclada en la zona más alta de la burguesía y cuyo único papel en la sociedad es la de gobernar su casa de la mejor manera posible, organizando fiestas y agradando a los colegas de su marido, que apenas le presta atención, pues está plenamente dedicado a su ambicioso futuro profesional. Así, Hedda se balancea entre el hastío vital y la superficialidad más destructiva y su carácter, igual de contradictorio, cruel y vulnerable a un tiempo, se expresa, en sus momentos más radicales (que se van acrecentando a medida que avanza la obra) en términos de irracionalidad casi demoníaca.

El personaje principal en las obras de Ibsen, según Hoffmansthal en su ensayo La gente en los dramas de Ibsen (1893): “No es un ser simple desde ningún punto de vista -de hecho es muy complejo-; habla con una prosa nerviosa, recortada, sin pathos… se mira a sí mismo con ironía, reflexiona sobre sí mismo…”, a lo que Harold Bloom añadiría, más recientemente [Genios, 2002]: “lo que esta persona desea es convertirse en materia poética [...] quiere una muerte organizada; [...] Lo que impide que todo se derrumbe es que en Ibsen nos encontramos a nosotros mismos, más bellos, más extraños”.

En esta obra, creo que la interpretación de Laia Marull (premio Goya en los años 2000, 2003 y 2010 por sus papeles en Fugitivas, Te doy mis ojos y Pa negre, respectivamente) abusa del lado más animal de la Gabler, lo histrioniza hasta un punto desquiciante y, por ello mismo, desdibuja demasiado el trasfondo lúcido y revindicativo de su personalidad, y que contrasta mucho más de lo necesario con la interpretación cabal y natural del resto del reparto.

Cate Blanchet en el papel de Hedda Gabler en el montaje de Robyn Nevin para la Sydney Theatre Company (2006).

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Ayer estuvimos en Madrid. Fue sencillamente genial. Y encima hizo buen tiempo, aunque no hicimos ninguna foto. Quién las necesita cuando cada día es mejor que el anterior y la rutina se convierte en una sublime repetición de lo que nos hace felices.

DOMINGVS CLXVIII

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The whole family on a motorcycle (1962)
Malick Sidibé

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Tú eres el corazón con lo vivido;
en ti está todo lo que atrás vamos dejando,
lo que hemos ido con pasión amando,
definitivamente ya perdido.

En ti vemos las gracias que se han ido,
los paisajes y el cielo de ayer, cuando
las cosas que ahora sigues recordando
flotan sobre las aguas del olvido.

Pero vives y estás: claro y pequeño,
miras aquellos prados, aquel sueño
tan lejano, las rosas de aquel día.

Crees que puedes cambiar toda la suerte
y, aunque vamos derechos a la muerte,
vives de lo pasado todavía.

José García Nieto, Al espejo retrovisor de un coche

***

La proto-planta (Urpflanze) será el ser más sorprendente del mundo. La misma naturaleza me envidiará. Con este modelo y su clave será posible inventar plantas hasta el infinito, que tendrás que ser consecuentes, es decir que aunque no existan, podrían existir. No serán sombras o ilusiones poéticas o pintorescas; la verdad interior y la necesidad formarán parte de su esencia. Esta ley puede aplicarse a todo lo que es vivo.

Goethe

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Peatón, s. Para un automóvil, parte movediza (y audible) del camino.

Del Diccionario del Diablo de Ambrose Bierce

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La Ford Motor Company tuvo que decidir si añadir un económico dispositivo de seguridad a sus coches y camiones modelo Pinto. El depósito de gasolina del Pinto estaba situado de tal forma que se rompería en caso de choque trasero, incluso a poca velocidad, derramando gasolina y elevando el riesgo de fuego. Antes de lanzar el coche al mercado, Ford probó tres dispositivos diferentes para prevenir la ruptura del tanque. El primero de los dispositivos costaba $1, el segundo unos $5 y el tercero $11. Al final, sin embargo, Ford decidió que los beneficios no justificaban los gastos, y ningún dispositivo de seguridad fue añadido al vehículo. Según nuestros datos, entre 1971 cuando el Pinto fue lanzado al mercado, y 1977, por lo menos 500 personas murieron abrasadas en accidentes de Pinto.

[...]

Para aplicar un análisis de coste/beneficio a esta situación en la cual la ecuación base es “costo de seguridad versus costo de vidas perdidas” uno tiene que poner precio a una vida humana. Ford se ahorró la vergüenza de hacerlo, ya que la National Highway Traffic Safety Administration lo hizo en 1971, cuando publicó el precio itemizado de una muerte en accidente de tráfico, incluyendo una figura precisa por “dolor y sufrimiento”:

ITEM COSTE

Futuras Pérdidas de Productividad
Directas: $132,000
Indirectas: $41,300

Costes Médicos
Hospital: $700
Otros: $425

Daños de propiedad: $1,500
Seguro: $4,700
Tasas Legales: $3,000
Perdidas laborales:$1,000
Dolor y sufrimiento de la víctima: $10,000
Funeral: $900
Otros: $200

Total por muerte: 200,725

[...]

Un memorando interno de Ford estimó que si el Pinto era vendido sin el dispositivo de seguridad de $11, 2,100 coches se quemarían cada año, 180 personas sobrevivirían con quemaduras graves, y otras 180 personas morirían quemadas. Redondeando la figura del gobierno, Ford estipuló que el precio de una vida humana era de $200,000. Ford estimó las facturas médicas de un superviviente en unos $67,000 y el precio de un vehículo quemado en $700. Considerando el mercado (11 millones de coches y 1,5 millones de camiones vendidos cada año), la compañía elaboró la siguiente tabla:

BENEFICIOS
(dinero ahorrado al no incluir dispositivo de seguridad)

180 muertes x $200,000
+
180 heridos x $67,000
+
2100 vehículos x $700
——————————

= $49,5 millones

GASTOS
(dinero que se gastaría en instalar dispositivo)

11 millones de coches x $11 por parte
+
1,5 millones de camiones x$ 11
—————————————————
= $137,5 millones

Como los gastos claramente excedían a los beneficios, se tomó la decisión de no gastar dinero en el dispositivo de seguridad.

Mark Dowie “Pinto Madness”, Mother Jones, septiembre/octubre 1977

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Fanfarria para claxon
Philip Blackburn
(7:40)

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MOVIMIENTOS MIGRATORIOS

Igual que las ballenas, este verano fuimos al Polo Norte, huyendo del calor. Pero tuvimos mala suerte. Mis padres se pelearon como nunca (rompieron a gritos un iceberg). Mi abuelo, hombre práctico, aprovechó para morirse. Tras lentas lágrimas de hielo, mi abuela también. Yo me enamoré de una esquimal, que me congeló el alma. El último día, dos alces nos atacaron bajo la nieve. A mi hermana, que les tiró una bota, se le puso azul el pie y tuvieron que cortárselo con un serrucho. Ahora huimos del frío, en dirección al sur, igual que las golondrinas.

Javier Puche

DOMINGVS CLXVI

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Fuente del ángel caído (detalle)
Parque del Retiro de Madrid
Ricardo Bellver

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LA CAÍDA

Los dioses no me mandan el primer
verso,
y por lo tanto determino
que todo se resuelve en la caída.
El agua se hace lluvia en la caída.
El vientre se hace hijo en la caída.
El bosque se hace árbol al caer.
No podía pasar de otra manera
sino pasar la vida en un desplome
ingrávido, cayendo en un derrame
hacia esos otros cuerpos en derribo
que sois todos vosotros.
Tremendo patrimonio de Luzbel
esto de despeñarse por la vida.
Y ¿qué será la muerte,
sino un caer perpetuo y ya sin prisa
por la espera de un verso que no llega?

***

En Nuestra Señora de las flores, cuenta Jean Genet cómo un policía de la cárcel de Cherche-Midi que escribía la ficha acerca de sus costumbres, le señaló con la punta del índice tendido, pero sin tocarla, una palabra en el papel: “Esta palabra (no se atrevió a pronunciar homosexual) ¿se escribe junto o separado?” Él debió corregir la ortografía de una ficha que habría de perseguirlo por las cárceles de Francia y marcarlo como homosexual, prostituto y ladrón: “Me quedé enajenado.” En una epifanía, vio entonces cómo los ángeles de Dios “son detalles, encuentros, coincidencias del mismo tipo que ésta: el juego de una punta o tal vez la encrucijada de los muslos de la bailarina que hace florecer en lo hondo de mi pecho la sonrisa de un soldado amado”. Aquel policía de la cárcel de Cherche-Midi “tuvo el mundo en sus dedos un instante, y lo miró con la severidad de una maestra.”

José Ramón Enríquez

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El tiempo no es dinero. El tiempo es la ausencia de dinero.

de la película Tan lejos, tan cerca
de Wim Wenders

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Perdí la oreja izquierda de un mordisco, peleando con otro humano, creo. Pero, por la delgada ranura que quedó, oigo claramente los ruidos del mundo. También veo las cosas, aunque al sesgo y con dificultad. Pues, aunque al primer golpe de vista no lo parezca, esa protuberancia azulina, a la izquierda de mi boca, es un ojo. Que esté allí, funcionando, capturando las formas y los colores, es un prodigio de la ciencia médica, un testimonio del progreso extraordinario que caracteriza al tiempo en que vivimos. Yo debía de estar condenado a perpetua oscuridad, desde el gran incendio no recuerdo si provocado por un bombardeo o un atentado en el que todos los sobrevivientes quedaron privados de la vista y el pelo, a causa de los óxidos. Tuve la suerte de perder sólo un ojo; el otro fue salvado por los oftalmólogos luego de dieciséis intervenciones. Carece de párpados y lagrimea con frecuencia, pero me permite distraerme viendo la televisión, y, sobre todo, detectar rápidamente la aparición del enemigo.

El cubo de vidrio donde estoy es mi casa. Veo a través de sus paredes pero nadie puede verme desde el exterior: un sistema muy conveniente para la seguridad del hogar, en esta época de tremendas asechanzas. Los vidrios de mi morada son, claro está, antibalas, antigérmenes, antirradiaciones e insonoros. Están siempre perfumados con un olor a sobaco y almizcle que a mí (ya sé que sólo a mí) me deleita.

No tengo brazos ni piernas pero mis cuatro muñones están bien cicatrizados y endurecidos, de modo que puedo desplazarme por la tierra con facilidad y aun a la carrera si hace falta. Mis enemigos no han logrado darme alcance hasta ahora en ninguna de las persecuciones. ¿Cómo perdí las manos y los pies? Un accidente de trabajo, tal vez; o, acaso, un medicamento que engulló mi madre para tener un embarazo benigno (la ciencia no acierta en todos los casos, por desgracia).

Mi sexo está intacto. Puedo hacer el amor a condición de que el mozalbete o la hembra que hace de partenaire me permita acomodarme de tal manera que mis forúnculos no rocen su cuerpo, pues si revientan mana de ellos el pus hediondo y padezco dolores atroces. Me gusta fornicar y, en cierto sentido, diría que soy un voluptuoso. Es verdad que a menudo experimento fiascos o la humillante eyaculación precoz. Pero, otras veces, tengo orgasmos prolongados y repetidos que me dan la sensación de ser aéreo y radiante como el arcángel Gabriel. La repugnancia que inspiro a mis amantes se troca en atracción, e incluso en delirio, una vez que, con ayuda del alcohol o la droga casi siempre, vencen la prevención inicial y aceptan trenzarse conmigo sobre una cama. Las mujeres llegan a amarme, incluso, y los chicos a enviciarse con mi fealdad. En el fondo de su alma, a la bella la fascinó siempre la bestia, como recuerdan tantas fábulas y mitologías, y es raro que en el corazón de un apuesto jovenzuelo no anide algo perverso. Nunca lamentó alguno de mis amantes haberlo sido. Ellos y ellas me agradecen haberlos instruido en las refinadas combinaciones de lo horrible y el deseo para causar placer. Conmigo aprendieron que todo es y puede ser erógeno y que, asociada al amor, la función orgánica más vil, incluidas aquéllas del bajo vientre, se espiritualiza y ennoblece. La danza de los gerundios que conmigo bailan (eructando, orinando, defecando) los acompaña después como un melancólico recuerdo de los tiempos idos, ese descenso a la mugre (algo que a todos tienta y que tan pocos osan emprender) que hicieron en mi compañía.

Mi mayor fuente de orgullo es mi boca. No es verdad que esté abierta de par en par porque aúllo de desesperación. La tengo así para mostrar mis blancos y filudos dientes. ¿No los envidiaría cualquiera? Apenas si me faltan dos o tres. Los demás se conservan firmes y carniceros. Si es necesario, trituran piedras. Pero prefieren cebarse sobre pechugas y nalgas de terneras, incrustarse en tetillas y muslos de gallinas y capones o gargantas de pajarillos. Comer carne es una prerrogativa de los dioses.

No soy desdichado ni quiero que me compadezcan. Soy como soy y eso me basta. Saber que otros están peor es un gran consuelo, por supuesto. Es posible que Dios exista, pero eso, a estas alturas de la historia, con todo lo que nos ha pasado ¿tiene alguna importancia? ¿Que el mundo acaso pudo ser mejor de lo que es? Sí, acaso, pero ¿para qué preguntárselo? He sobrevivido y, a pesar de las apariencias, formo parte de la raza humana.

Mírame bien, amor mío. Reconóceme, reconócete.

Mario Vargas Llosa, Elogio de la madrastra

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Skydiving in a car
(0:58 seg)

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De cómo me quedé entonces helado y atónito, no me preguntes, lector, que no lo escribo, porque cuanto dijera sería insuficiente. No morí y no permanecí vivo. Piensa por ti, si tienes un poco de imaginación, cómo me quedé al verme privado de una cosa y de otra. El emperador del doloroso reino, desde la mitad del pecho sobresalía de la superficie helada, y más proporción guardo yo con un gigante que los gigantes con los brazos de aquel. Si fue tan hermoso como ahora es feo y contra su Hacedor se rebeló, de él debe proceder todo mal. ¡Oh, y cuánto estupor me produjo cuando vi que su cabeza tenía tres rostros! Uno por delante, que era de color rojo; los otros dos, que se unían a éste sobre la mitad de cada uno de los hombros y se juntaban en la coronilla, eran el de la derecha entre blanco y amarillo, al parecer, y el de la izquierda se veía tal como el de aquellos que proceden del valle del Nilo. debajo de cada uno brotaban dos grandes alas del tamaño que convenía a pájaro semejante. No he visto jamás velas de buque parecidas. No tenían plumas, pues eran al modo de las del murciélago, y se agitaban de manera que de ellas nacían tres vientos. A causa de ellos se helaba todo el Cocito. Con los seis ojos lloraba y por las tres barbillas corrían el llanto y una baba sanguinolenta. Con cada boca trituraba con los dientes un pecador, a guisa de agramadera, de modo que tres a un tiempo experimentaban aquel dolor. Para el de delante, las mordeduras no eran nada, comparadas con las heridas de las garras, que a veces le desollaban la espalda enteramente.

Dante, Inferno (Canto XXXIV)

06 TEA

06: Pasan. Siento que pasan los días y que nada sucede. Sigo con la máscara hiératica y la aparente indiferencia de la esfinge sedente. Por dentro todo fluye de manera muy diferente. Y no es que esté mal, pero tampoco estoy bien, porque el tiempo que estoy a punto de alcanzar empieza a imponer demasiado, las opciones parecen múltiples pero en realidad no hay mucho que barajar. El tiempo presente se empeña en rebuznar con sorna a ese vacío indeterminado que está por llegar y al que no nos podremos enfrentar más que improvisando.

DOMINGVS CLXV

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Salvador Dalí
Fab Ciarolo

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La víbora de cabeza cobriza ataca solamente a un cazador. Los demás siguen con lo suyo. De nuevo anoche, el pájaro, ¿estaba cegado? ¿Por eso decidí matarlo?
John Cage, Escritos al oído.

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Me he preguntado cómo habría retratado ese momento mi hermano Antonio, y me he dicho que sin duda habría recurrido a ese truco tan suyo −copiado por cierto de Gombrowicz− consistente muchas veces en mezclar los hechos narrativos con un tema cercano al ensayo literario y, valiéndose de su nada desdeñable imaginación y también de su capacidad para la asociación delirante y gratuita entre las cosas más dispares,, resolver el texto con un pensamiento final, que en ocasiones era muy brillante y e inteligente pero en otras, todo sea dicho, escandalosamente superficial.
En el caso del paseo por el mercado de Sineu de esta mañana, no habría sido extraño que hubiera dicho, por ejemplo, que, camino de esa histórica población, no hacía más que interrogarse acerca de la interesante cuestión del ansia obsesiva de los escritores por el reconocimiento y el aplauso.
Enrique Vila-Matas, Lejos de Veracruz

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La segunda era industrial será la era de la armonía, y no ha hecho más que comenzar
Le Corbusier

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Hay que ver lo difícil, lo extraordinario que es escribir algo divertido y ameno. La gente no queire creerlo así. Supone que es mucho más serio lo que le aburre que lo que le divierte, considera mucho más lógico que un señor gane cuatro mil duros por dormirse unas horas en un sillón que por escribir algo. Si a la mayoría le enseñan un mamotreto de abogado ilegible y le dicen: “Por esto ha cobrado diez mil duros”, le parecerá muy natural; pero si le mostraran una novela de cien páginas de Turguenef o un sainete de Molière y le dijeran: “Por esto se ha cobrado diez mil duros”, le parecería absurdo.
Mucha gente cree lo mismo, pero sigue pensando que los inútiles deben tener la compensación de los buenos sueldos. se piensa, también, que un poco de miseria es cosa buena para el escritor y que el régimen de pan y agua aviva el cerebro y aligera la vista.
¿No es la tradición literaria que el literato se muera de hambre?
En esto, como en todo lo demás, yo soy antitradicionalista.
Pío Baroja, Las horas solitarias (diario)

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Marcel Duchamp
Anemic Cinema

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[…] También me gustaría preguntarle cuándo podrá facilitarme la continuación de “SODOMA” para su composición. Me gustaría aprovechar las vacaciones para preparar este volumen, con el fin de que pueda aparecer en la fecha que usted prefiera.
Con mucho cariño,
Gaston Gallimard (24.6.1922)

[…] 4.º No puedo deciros nada de mi libro. Mi accidente tuvo lugar el 2 de mayo y ya sabe lo que he sufrido sin tregua desde entonces. He tenido dos días buenos entre tanto. Y luego me volvió a subir la fiebre reumática (¿cómo va? mucho mejor). Tengo el manuscrito o, mejor dicho, la dactilografía completa (y el manuscrito también) de este volumen y del siguiente, ya que como se acordará para ello contraté a una dactilógrafa. Pero el trabajo de corrección de esta dactilografía, en la que hago modificaciones por todas partes y cambia todo bastante apenas ha comenzado. Es cierto que ella
trabaja muchísimo. Pero para qué le voy a hacer preparar las planchas inútilmente si puedo corregirlo todo ahora en la dactilografía. (25 junio 1922)

Correspondencia entre Marcel Proust y su editor, Gaston Gallimard

05 TEA

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Esa mierda de sentimiento me invade de nuevo. ¿Qué estás haciendo?, me pregunta la maldita voz, ¿qué estás haciendo ahora con la vida?. “¿Con la mía?” No, no, ¿qué estás haciendo con mi vida? Porque si no lo recuerdas, bonita, tú solo vives para alimentarme, para darme alas en “esta cerrazón hostil de la que soy presa y aliviar mi desasosiego. “¡Cómo te atreves!”. Tú hazme caso y todo irá bien, recuerda a Beckett, ya te lo he advertido antes, no olvides a Beckett y todo irá bien. ¿Qué tiene que ver Beckett en todo esto?”. No lo sé, no lo sé. Eres tú la que lo metiste en mi vida. Tú me perturbas con todas esas ideas y nombres y yo me encargo de darles forma y color, les doy salida como me viene en gana y tú obedeces. “Pues veamos lo que él tiene que decir”:

BECKETT desde PARÍS: «No se me ve, no se ve lo que hago, no se ve lo que tengo, y se dice, no da paso a nada, a nada tiene que dar paso, todo se encuentra en su cabeza. Ya no protesto, ya no digo nada. No hay nada en mi cabeza. Ya no respondo. Doy paso y corto.» (1)

Beckett ha fundido la maldita voz, pero su desasosiego permanece conmigo. Ya nadie queda para presionarme, pero tampoco nadie ya se hace cargo de lo que preferiría olvidar. ¡Beckett, Beckett!, si no pudiste con tu vida, ¿por qué recurro a ti para salvar la mía?

BECKETT fumando un puro: «Te cansarás de mí. Me abandonarás.» (2)

Pero hasta que te olvide, y mientras no vuelva la voz de las narices, a la que por otra parte preferiría no escuchar por un tiempo, no me queda más remedio que seguir tus consejos… aunque sean pésimos. Aunque en realidad ya tengo quien me dé consuelo, quien me escuche, porque tú, Beckett, no escuchas y quieres hacernos callar, ¡a todos!, ¡pero si tú eres el primero que raja y raja sin parar! ¡Beckett! Y él está vivo y tiene la piel caliente, y me escucha, y cuando soy yo la que no quiere hablar ni escuchar, él no hace nada, solo mira y calla, y sonríe y entiende, y todo eso que él no hace o todo lo que él hace, sí que me alivia. Con él tengo la cabeza tranquila y puedo levantar la mirada y pensar sin dolor en el horizonte.

BECKETT desde su TUMBA: «¡Vaya por Dios! ¡Lo que hay que oír! ¡Levantar la cabeza! ¿Dónde crees que estamos? ¿En la Patagonia? ¡Levantar la cabeza! ¡Vaya por Dios! (Pausa.) Bien. Ya tenemos aquí nuestra catástrofe. Una vez más y me largo.» (3)

Sí, Beckett, será mejor que te marches. Échate un sueñecito, que aquí no se te necesita. Él está sonriendo de nuevo.

(1) Samuel Beckett. Cascando: pieza radiofónica para música y voz.
(2) Samuel Beckett. Comedia: obra en un acto.
(3) Samuel Beckett. Catástrofe.

Las fotografías son de Mark Laita.

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