Bilbao: <3, food and rock&roll

Definitivamente el 2012 es el año en el que me volví grupi. La buena noticia es que no estoy sola y que no soy la más grupi de los dos. Pues resulta que si el puente de Reyes fuimos a Logroño a ver el comienzo de la gira de La revuelta enemiga en el festival Actual, después los vimos en el concierto que hicieron el 4 de julio en Madrid cuando sacaron su nuevo recopilatorio y, como no podía ser de otra forma, fuimos a verlos a Bilbao en el Festival Walk On Project el pasado 28 de septiembre, aprovechando que también tocaban Doctor Deseo (a los que también habíamos visto hace poco, en el teatro Coliseum de Madrid) y The Hives (el guitarrista tiene serios problemas con las drogas o con la vida).

Así estaba yo de contenta el viernes cuando llegamos, poco antes de entrar al pabellón La Casilla, calentando el organismo con unas cervezas:

  Y este es el set list de los temas que se marcaron Los Enemigos, que suenan mejor y mejor en cada concierto (ojalá esta revuelta dure mucho tiempo…)

Y de los pintxos no tenemos palabras para describir la felicidad que sientes con cada bocado (esta es solo una pequeña muestra de todo lo que llegamos a zampar):



Inscripción lapidaria y condescendiente en la fachada de la ermita de la Begoña:

Una pequeña debilidad: obra de Louise Bourgeois en los exteriores del Guggenheim (actualmente hay una exposición suya en La Casa Encendida…):

Y vistas de la ría, que no podían faltar, claro:

Azores

Esta era la cara de felicidad que tenía hace exactamente dos días, después de pasar una maravillosa tarde en la playa del Pópulo de la isla de São Miguel (Azores, Portugal). Un nombre de lo más gaditano para una roteña de pro que la última vez que pisó su tierra, allá por mayo, no pudo pisar la playa porque estaba cayendo en una sola semana lo que no había llovido el resto del año. Las playas açoreñas en las que estuvimos merecen mucho la pena, la mayoría tenían bandera azul (las otras eran pequeñas calas de unos cien metros, a veces totalmente solitarias, con unas pocas rocas, bellas y bravuconas olas azul intenso que al romper se vuelven verde turquesa, arena fina y negra, suave, volcánica, toda una experiencia…) y como nunca pasan de los 25 grados, podías estar mucho tiempo bajo el sol sin necesidad de zambullirte en el agua, aunque tampoco podías evitar hacerlo porque el agua es COMPLETAMENTE transparente.

En fin, que llegué muy blanca y fijaos en el bronceadito que he ligado en medio del Atlántico; que por otra parte es lo único que he ligado porque, aparte de ser una mujer felizmente emparejada, y de ir acompañada por el apuesto afortunado :P, os aviso, a las que tengáis pensado hacer un poquito de turismo sexual próximamente, que busquéis otro destino en el que los hombres sean más bellos, altos y elegantes, porque los que vais a encontrar aquí son la versión más maravillosamente Paquirrín de Cristiano Ronaldo, and we don’t use to dream with such a creature.

Como en la isla hay tres volcanes en activo, allí todo es muy volcánico: los vinos, el cozido, los quesos, la piña, los perritos calientes…; todo parece haber sido mejorado con un intenso sabor mineral que arde en la boca como la mejor lava del mundo. En otra vida yo, sin duda, quiero ser MAGMA.

Por cierto, que visitamos una plantación de piña, la PLANTACIÓN ARRUDA (con degustación gratuita de licor de piña, que no es como el licor de manzana o el de melocotón, ese que solo beben nuestras madres, normalmente en las BBC, y con el segundo sorbito ya aseguran ir piripis y hacer gestos y cosas raras) y descubrimos, boquiabiertos, que las piñas son un bulbo, una plantita como los tulipanes que crece de la tierra, que hay que regar y mimar con cariño volcánico hasta que del tallo central brota una pequeña bolita que empieza a crecer y, durante los doce meses posteriores va adquiriendo forma de piña, florece (preciosa la piña florida, como si le hubieran clavado un montón de sombrillitas tipo cóctel caribeño de color violeta por toda su superficie) y acaba transformándose en la fruta que todos conocemos. Que igual ya lo sabíais, pero yo siempre me imaginé las piñas colgando de un árbol tropical, tipo cocotero.

Otro de los encantos de esta isla son los merenderos. Están aquí y allá, por todas partes, en cualquier rinconcito escondido en los acantilados que la bordean, rodeados de una vegetación elefantíaca, con sus barbacoas de cemento, sus muchas mesitas cobijadas bajo simpáticos techadillos, sus w.c. la mar de limpitos (porque no nos engañemos, los pocos váteres públicos que existen en España suelen ser un pozo de inmundicia dignos del más asqueroso de los vómitos, por no hablar de los del metro de Roma, que encima son de pago…); total, que las familias indígenas no tienen ninguna duda sobre la mejor manera de pasar una tarde placentera y baratita.

Y ya me estoy alargando demasiado, pero dejo como último comentario el descubrimiento más íntimo y motivador que he tenido la satisfacción de experimentar durante mis vacaciones, y que tengo la intención de explotar lo que queda de año en adelante: el límite de mi resistencia física está mucho más lejos de lo que nunca habría imaginado; lo sé porque no se nos ocurrió otra cosa que hacer una ruta de senderismo en plena montaña (rodeando las lagunas de Sete Cidades), con una niebla que no nos permitía ver mucho más allá de seis o siete metros alrededor de nosotros, con lluvia y mogollón de humedad, prácticamente todo cuesta arriba (porque, después nos enteramos, se trataba de una ruta considerada fácil si la hacías comenzando por el sentido contrario, para que casi todo fuera cuesta abajo) durante 22 kilómetros que hicimos en 6 horas, sin parar a descansar ni a comer más que una chocolatina que llevábamos en la mochila. Así que ahora, cuando salga a correr, solo tengo que acordarme de ese peculiar día para que mi perezosa mente no me engañe y trate de hacerme parar a los quince minutos.

Igual otro día os cuento más cosillas del viaje, pero no prometo nada 😉