El duelo, de Anton Chéjov

El Centro Dramático Nacional vuelve a traer a los escenarios madrileños obras producidas por compañías internacionales, de primera fila, con su exquisita selección Una mirada al mundo.

Como otros años me he llevado gratas sorpresas gracias a este programa, este año decidí sacarme el abono de cinco obras, que además sale muy bien de precio pues en función de la opción que escojas, puede salir por menos de 10 euros cada representación. Además, ahora que he pasado a vivir a Madrid, me resulta mucho más fácil hacer un hueco en la agenda sin tener que acostarme a las tantas y pegarme el madrugón al día siguiente.

El duelo, de Anton Chéjov

¿De qué trata la obra? De las tiranteces que inevitablemente existen entre las personas, debido a la diversidad de deseos y voluntades, actitudes y disposiciones ante la vida en temas tan elementales como el trabajo o el amor. Estas tiranteces, como es de esperar, se manifiestan en las relaciones que cada persona tiene con los demás, de cómo la visión (y, sobre todo, la presión) de los otros afecta a nuestro pensamiento y al devenir de nuestra vida. Nada ajeno a cualquiera que lea estas líneas, ¿cierto?

En este sentido Laevski, el protagonista de El duelo, se muestra como una persona despreocupada y vivaz, que adora disfrutar de la vida, pero en todo momento es consciente de la lacra que supone su modo de vida: «Soy un fracasado… Solo necesito hablar, justificar mi ridícula vida con alguna teoría», aunque al mismo tiempo se guarda las espaldas con una gran excusa: «¡Cómo me ha estropeado la civilización!».

Aunque la obra es de Anton Chéjov, es una adaptación de una de sus novelas cortas y no un texto dramático en sí; por lo que en mi opinión el director de la obra parte del gran reto de no perder la esencia teatral del autor ruso, género que cultivó con mucho éxito en títulos como La gaviota, Tío Vania, El jardín de los cerezos o Platónov (esta última la produjo el CDN en el 2009, bajo la dirección de Gerardo Vera, adaptación del texto de Juan Mayorga y música de Luis Delgado).

En cuanto a la escenografía, no sé si por casualidad (porque solo he visto dos producciones rusas), veo mucha similitud en el tratamiento del escenario que la que nos presentó Tom Stoppard en La costa de Utopía, de la mano del RAMT (Teatro Académico de la Juventud de Rusia). Me refiero al uso de la madera en la mayoría de los elementos, la tendencia a la simetría escénica, que en El duelo es perfecta salvo por la separación de mobili

De momento solo señalo esta tendencia como una intuición que tendré que rastrear un poco.

Eduardo de Filippo

Este genial napolitano, prolífico y polifacético, que se dedicó en cuerpo y alma al mundo de la interpretación, pues vivió el mundo del espectáculo desde muy pequeño gracias al ambiente artístico que reinaba en su hogar, viene siendo felizmente recuperado en la escena dramática española durante los últimos años, con gran éxito de crítica y público, creo que por esa capacidad de aunar con naturalidad crítica y humor, los pilares con los que sustenta sus obras.

El director de teatro Giorgio Strehler, como citan en el blog creado a propósito del montaje de El arte de la comedia (2010), se refirió a De Filippo de la siguiente manera: “Porque tu risa y tu llanto, querido Eduardo, no son tuyos sino nuestros. Son la risa y el llanto de la pobre gente, son los sentimientos humanos de los hombres que tienen todavía un corazón, una voluntad de hacer, un rechazo instintivo a la superchería, al abuso, a la injusticia. Con tu escenario, con tu arte de actor, con tu magisterio humano, con tu lección, siempre igual y siempre diferente, nos has enseñado a descifrar que la vida es así, y has escrito una página maravillosamente humana en la historia del teatro.”

  • El arte de la comedia

Aunque ya se habían representado con anterioridad alguna de sus obras, el verdadero reclamo de De Filippo en nuestro país fue gracias a la propuesta que en el 2010 hizo La Abadía con el montaje de El arte de la comedia, de manos del director Carles Alfaro, que mereció ser finalista del premio Max al Mejor Espectáculo de Teatro, a Mejor Director de Escena y Mejor Adaptación de Obra Teatral, en su 14.ª edición, aunque me temo que no tuve ocasión de verla, y por eso os remito a la crítica que escribió en su momento Javier Vallejo para El País y os dejo un vídeo en el que el propio De Filippo, antes de su muerte, interpretaba a Oreste Campese, el protagonista de la obra, que desarrolló casi a modo de alter ego:

  • Con derecho a fantasma

El Centro Dramático Nacional tomó el relevo de La Abadía y para la temporada siguiente produjo, en colaboración con el festival Grec 2010 de Barcelona y la compañía La Perla 29, Con derecho a fantasma (Questi fantasmi!), bajo la dirección de Oriol Broggi, que en estos momentos prepara la adaptación teatral de Cyrano de Bergerac de Rostand. Esta obra sí tuve la suerte de verla, en el Teatro María Guerrero, y me hizo disfrutar y reír hasta las lágrimas con su trama de enredos y equívocos, a veces casi inverosímiles y truculentos, en torno a un matrimonio malavenido a la que permiten vivir gratuitamente en un antiguo edificio y montar un discreto negocio hotelero a cambio de que demuestren a los vecinos que en la casa no hay fantasmas, como la leyenda se empeña en afirmar, todo ello interpretado por un elenco de actores catalanes y napolitanos que cabalgaban constantemente entre el desparpajo y la tragedia más absurda.

  • Yo, el heredero

Y de nuevo el María Guerrero trae a su escenario a De Filippo (hasta el 23 de octubre), con la comedia Yo, el heredero, que en esta ocasión dirige el también napolitano Francesco Saponaro y cuenta con la presencia de Ernesto Alterio y Concha Cuetos para intepretar esta “comedia amarga sobre la herencia y sobre la caridad cristiana, sobre todo el patrimonio de falsos valores que una familia de jóvenes, ya envejecidos en su papel, transmite y conserva de generación en generación”, como comenta el director en la ficha técnica de la obra.

Si bien esta obra da pie a menos risas que la anterior, también es cierto que su humor se basa más en sutilezas en la interpretación de los actores, cuya actuación no desmerece al lado de Alterio, que lleva el peso de la obra tanto como el monstruoso personaje al que encarna y que, desconocido y recién llegado de un largo viaje (el de su propia y penosa vida) por el mar, enseguida se hace con las riendas de una casa de ricas almas cándidas que vuelcan su existencia en los negocios y en la fácil satisfacción de la beneficiencia (actividad que De Filippo critica duramente y desde diferentes ángulos, por su naturaleza en esencia hipócrita, egoísta y superficial), desvelando uno a uno los intereses escondidos de cada uno de los benefactores de su difunto padre, cuyo lugar en la casa (a medio camino entre el consejero fiel y el pobre bufón) se ha propuesto usurpar, poniendo en vilo la tranquilidad de esta familia en apariencia “preocupada” por hacer el bien en su comunidad.

Un último vídeo, con imágenes de Con derecho a fantasma y algunas reflexiones de Oriol Broggi y del genial actor Tony Laudadio, que daba vida al protagonista de la obra: