DOMINGVS CXLVII

Este Domingus está dedicado a la memoria de Juanita Garciagodoy, 
profesora, poeta y amiga; estudiosa de los libros de caballería y del
Día de los Muertos de su México natal. Juanita falleció este jueves en
Minnesota a los 59 años de edad. Todos los que fuimos marcados
con su sabiduría y bendecidos con su amistad la lloramos con
tristeza y la recordamos con cariño. 

*

Tira de la peregrinación azteca
(última lámina, Boturini Codex)

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SITTING WITH THE GREEN MAN

Sere leaves have conquered the summer’s grass.
I have listened to the hissing of their subtle flames.
I have seen no smoke
from the green man’s altar,
none from my hearth.

Dun clouds have smothered the summer’s blue.
I have listened to their sweeping anthem.
I have not seen the green man’s tears
engorge the rivers
nor swell my eyes.

Mirthless thoughts have throttled summer’s passion.
I have listened to their multiplying cancer,
weird as silent chiseling.
I have seen no lightning leap out of the green man
who is sitting with me, sitting.

Docile foreheads bow to autumn’s throne.
I have listened for the writing in the iris or the stars.
Can I stay here, sitting,
with the green man, sitting?
Can I live, through him, ‘til spring?

Juanita Garciagodoy
ix/25/mmix

[SENTADA CON EL HOMBRE VERDE

Hojas secas han conquistado la hierba del verano.
He escuchado el siseo de sus llamas sutiles.
No he visto humo
en el altar del hombre verde,
ninguno en mi hogar.

Nubes pardas han sofocado el azul del verano.
He escuchado su himno que recorría le cielo.
No he visto las lágrimas del hombre verde
acrecentar los ríos
ni tampoco mis ojos.

Pensamientos tristes han ahogado la pasión del verano.
He escuchado su cáncer multiplicándose,
extraño como un cincel en silencio.
No he visto que salten relámpagos del hombre verde
que esta sentado conmigo, sentado.

Frentes dóciles se inclinan ante el trono del otoño.
He tratado de escuchar la escritura en el iris de las estrellas.
¿Puedo quedarme aquí, sentada,
con el hombre verde, sentada?
¿Puedo vivir, a través de él, hasta la primavera?]

***

…cuando aquellos señores así se vieron unos a otros y parecíales que lo pasado fuera como en sueños, mas Amadís halló en su mano diestra un escrito que decía así:

—Vosotros, reyes y caballeros que aquí estáis, tornad a vuestras tierras, dad holganza a vuestros espíritus, descansen vuestros ánimos, dejad el prez de las armas, la fama de las honras a los que comienzan a subir en la muy alta rueda de la movible fortuna, contentaos con lo que de ella hasta aquí alcanzasteis, pues que más con vosotros que con otros algunos de vuestro tiempo le plugo tener queda y firme la su peligrosa rueda, y tú, Amadís de Gaula, que desde el día que el rey Perión, tu padre, por ruego de tu señora Oriana, te hizo caballero, venciste muchos caballeros y fuertes y bravos gigantes, pasando con gran peligro de tu persona todos los tiempos hasta el día de hoy, haciendo tremer las brutas y espantables animalias habiendo gran pavor de la braveza del tu fuerte corazón, de aquí adelante da reposo a tus afanados miembros, que aquélla tu favorable fortuna, volviendo la rueda a éste, dejando a todos los otros debajo, otorga ser puesto en la cumbre. Comienza ya a sentir los jaropes amargos que los reinados y señoríos atraen, que presto los alcanzarás, que así como con tu sola persona y armas y caballo, haciendo vida de un pobre caballero, a muchos socorriste y muchos menester te hubieron, así ahora, con los grandes estados que falsos descansos prometen, te convendrá ser de muchos socorrido, amparado y defendido, y tú, que hasta aquí solamente te ocupabas en ganar prez de tu sola persona creyendo con aquello ser pagada la deuda a que obligado eras, ahora te convendrá repartir tus pensamientos y cuidados en tantas y diversas partes, que por muchas veces querrías ser tornado en la vida primera y que solamente te quedase el tu enano a quien mandar pudieses: Toma ya vida nueva, con más cuidado de gobernar que de batallar, como hasta aquí hiciste, deja las armas para aquél a quien las grandes victorias son otorgadas de aquel alto Juez que superior para ser, su sentencia revocada no tiene, que los tus grandes hechos de armas por el mundo tan sonados muertos ante los suyos quedarán, así que por muchos que más no saben será dicho que el hijo al padre mató, mas yo digo que no de aquella muerte natural a que todos obligados somos, salvo de aquélla que pasando sobre los otros mayores peligros, mayores angustias, ganando tanta gloria que las de los pasados se olvide, y si alguna parte les deja, no gloria ni fama se puede decir más la sombra de ella.

Amadís de Gaula

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Duérmete, clavel,
que el caballo no quiere beber.
Duérmete, rosal,
que el caballo se pone a llorar.

FGL

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Para el habitante de Nueva York, París o Londres, la muerte es palabra que jamás se pronuncia porque quema los labios. El mexicano, en cambio, la frecuenta, la burla, la acaricia, duerme con ella, la festeja, es uno de sus juguetes favoritos y su amor más permanente. Cierto, en su actitud hay quizá tanto miedo como en la de los otros; mas al menos no se esconde ni la esconde; la contempla cara a cara con paciencia, desdén o ironía.

Octavio Paz

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GIFT

You tell me that silence
is nearer to peace than poems.

But if for my gift I brought you silence
(for I know silence)
you would say, This is not silence;
this is another poem.

And you would hand it back to me.

Leonard Cohen

DOMINGVS CXLI

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La torre de Babel
Pieter Brueghel, el Viejo

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RENCORES

Fácil que cualquier cosa nos ocurra.
Arañamos los cielos, nos volvemos escombros.
Años y años los hombres han sentido
una cosa y han hecho la contraria.

Zona Cero, ¿es posible llegar más bajo?
Ahora ya teníamos una nueva definición de lo personal,
supimos que cualquier cosa puede ocurrir.

Sólo hace falta un poco de práctica,
para empañar un motivo,
tratando de pasar inadvertido mientras
se fragua lo terrible,
haciendo ahora una cosa y pensando la contraria.

Pero ¿quién de nosotros no cobija
un rencor o un secreto? Hay demasiado
que no se puede borrar.
Y de esto se deriva el simple hecho
de que casi cualquier cosa puede ocurrir,

como hombres ascendiendo por el aire
de la democracia,
sin ninguna intención de aterrizar,
la coartada perfecta de haber dicho una cosa
queriendo decir la contraria.

Antes de que nos demos cuenta ya ha terminado.
De pronto falta alguien en la mesa.
Es fácil, ya lo sé, que pase cualquier cosa
cuando sienten los hombres de una forma
y hacen la contraria.

Stephen Dunn

***

Todo el mundo está de acuerdo, los aviones se ven diferentes estos días, predatorios o condenados. Henry sabe que es un truco de sus ojos pensar que puede ver ahora una silueta, una forma de negro más oscura contra la oscuridad. El rugido de un motor en llamas continúa creciendo. No le sorprendería ver luces aproximándose por el cielo, o la plaza llena de residentes en pijama. A su lado Rosalind, experta en excluir de su sueño los ruidos nocturnos de la ciudad, cambia de postura. Es probable que el ruido no sea más molesto que una sirena cruzando Euston Road. El núcleo de ardiente blanco y la cola se han hecho más grandes —ningún pasajero sentado en esa zona central del avión podrá sobrevivir. Ese es el otro elemento familiar —el horror de lo que no se puede ver. La catástrofe observada desde una distancia segura. Observar una muerte a gran escala pero sin ver morir a nadie. Sin sangre, sin gritos, sin figuras humanas en absoluto… y en este vacío la servicial imaginación dándose rienda suelta. La lucha a muerte en la cabina de mando, un grupo de pasajeros valientes reuniéndose antes de la última carga desesperada contra los fanáticos. Para escapar del calor de ese fuego ¿a qué parte del avión debería uno ir corriendo? El fin del piloto puede parecer menos solitario de alguna manera. ¿Es una estupidez patética levantarte del asiento para sacar del compartimento superior tu maleta, o un optimismo necesario? ¿Se atreverá ahora la señorita maquillada que tan amablemente te sirvió el croissant y la memerlada a impedir que te levantes?

Ian McEwan, Saturday

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Temo que lo único que he logrado haya sido despertar
a un gigante que dormía y llenarlo con una rabia terrible.

Almirante Yamamoto (palabras pronunciadas después
del ataque de Pearl Harbor el 7 de diciembre de 1941)

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Hace diez años exactos todos nos levantamos en un mundo, en una mañana, como la Marzena de Mayra Montero, “toda ella blandita y quieta”. Era un mundo triunfante, un mundo que, según Francis Fukuyama, había sigo testigo del “Fin de la Historia” con la derrota del comunismo; un mundo que ante la muerte se preocupaba sólo de sus pudores, de que le subieran los calzoncillos como al emperador Maximiliano en el frío de su última hora; un mundo, sí, de azul y oro; elástico, pastoral, adolescente, definitivo, un mundo que era land of the free and home of the brave.

Aquel día nos levantamos con nuestra desnudez e inocencia todavía prendidas al calor de las sábanas. Fiestas de cumpleaños se habían celebrado la noche antes. Habíamos intercambiado palabras y besos. Alguien mencionó un ligero dolor de muelas, y todos nos habíamos reído. Así que no, no fue especialmente difícil levantarse y volvernos para contemplar otro desnudo más hermosos que aún dormía de perfil a nuestro lado con su nombre de Ana, con su nombre de Fátima, o Carmen… o de Daniel o de Antonio o Federico y aspirar con ternura, es casi seguro, “como si descubriéramos que era posible vivir dentro del agua, respirando suavemente en la profundidad”.

Pero entonces pasó aquello.

La imaginación más cruel había sido capaz de concebir aquello. Como relámpagos de luz helada. Como telegramas mandados desde el centro del dolor. Y nosotros, en medio de la lluvia de astillas, en medio de la vorágine incrédula, fuimos tomando poco a poco conciencia de una sombra: un hombre, un hombre que silbando se deslizaba por los pasillos del Louvre (en una mano un martillo, en la otra un buril) para desfigurar el rostro de mármol de Proserpina. Nuestra desnudez se convirtió de pronto en desnudo. En ese momento entendimos que “fácil es que cualquier cosa nos ocurra” y nuestra especie se volvió más frágil, quebradiza y repugnante como huevos de araña.

*

Aquel día nos levantamos con estatuas de Bernini cantando en los pasillos y nos acostamos con torres heridas por un rayo.

Fue el día de la decimosexta carta del Tarot.

“La imagen de una torre semiderruida por un rayo que cae en la parte superior (cabeza). Esta torre es la columna del poder. Los ladrillos son de color de carne para ratificar que se trata de una construcción viviente, imagen de un ser humano. El naipe expresa el peligro al que conduce todo exceso de seguridad en sí mismo, y su consecuencia: el orgullo. Megalomanía, persecución de quimeras y estrecho dogmatismo son los contextos del símbolo”.

Puede que esta imagen (la torre rota) sea el mejor símbolo de nuestra nueva época, aquella que inauguró la barbarie hacie diez años.

Quizás la otra imagen, como se verá en la última sección de este Domingus, sea la de un carrito de la compra que habla.

Pero ¿quién, quién lo hubiera imaginado en aquellos días de azul y oro? ¿Quién hubiera sospechado el cáncer larvándose bajo los labios de nuestras novias? Nadie. Y sin embargo, en las largas carreteras interestatales (en sus cunetas de arena y roca) ya se habían encontrado por aquel entonces, sí, cientos, miles de alfileres clavados en sórdidas muñecas de voodoo.

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Who by fire
Leonard Cohen
(2:35 min)

La letra de esta canción está basada, en parte, en la Unetanah Tokef, una de las oraciones que los judíos rezan en Yom Kipur, el Día del Perdón, que es también el día en el que Dios elige la muerte de aquellos que han de morir a lo largo del año.

Esta es la letra de la canción de Cohen.

Y quién por fuego, quién por agua,
quién cuando el sol brille, quién cuando la noche caiga,
quién por el más grande de los calvarios,
quién de la forma más tonta,
quién en tu alegre, alegre mes de mayo,
quién por un lento declive,
y quién, ¿quién debo decir que llama?

Y quién en su triste lencería,
quién por barbitúrico en la cama,
quién en estos reinos del amor,
quién con un objeto sin punta,
quién por avalancha, quién por dinamita,
quién por su hambre, quien por su avaricia
y quién, ¿quién debo decir que llama?

Y quién por un “sí” valiente, quien por accidente
quién en soledad, quién en este espejo,
quién por su propia mano, quién por orden de su dama,
quien en cadenas mortales, quién en lo alto de la torre,
y quién, ¿quién debo decir que llama?

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Uno de los carritos de un gran supermercado del barrio donde yo vivía rodaba solo, sin que nadie lo empujara. Era un carrito igual que todos los otros: de alambre grueso, con cuatro rueditas de goma (las de adelante un poco más juntas que las de atrás, lo que le daba su forma característica) y un caño cubierto de plástico rojo brillante desde el que se lo manejaba. Tan igual era a todos los demás que no se lo distinguía por nada. Era un supermercado enorme, el más grande del barrio, y el más concurrido, así que tenía más de doscientos carritos. Pero el que digo era el único que se movía por sí mismo. Lo hacía con infinita discreción: en el vértigo que dominaba el establecimiento desde que abría hasta que cerraba, y no hablemos de las horas pico, su movimiento pasaba inadvertido. Lo usaban como a todos los demás, lo cargaban de comida, bebidas y artículos de limpieza, lo descargaban en las cajas, lo empujaban de prisa de góndola en góndola, y si en algún momento lo soltaban y lo veían deslizarse un milímetro o dos, creían que era por la inercia.

Solamente de noche, en la calma tan extraña de ese lugar atareadísimo, se hacía perceptible el prodigio, pero no había nadie para admirarlo. Apenas si de vez en cuando algún repositor, de los que empezaban su trabajo al amanecer, se sorprendía de encontrarlo perdido allá en el fondo, junto a la heladera de los supercongelados o entre las oscuras estanterías de los vinos. Y suponían, naturalmente, que se lo habían dejado olvidado allí la noche anterior. El super era tan grande y laberíntico que no tenía nada de raro, ese olvido. Si en esa ocasión, al encontrarlo, lo veían avanzar, y si es que notaban ese avance, que era tan poco notable como el del minutero de un reloj, se lo explicaban pensando en un desnivel del piso o en una corriente de aire.

En realidad, el carrito se había pasado la noche dando vueltas por los pasillos entre las góndolas, lento y silencioso como un astro, sin tropezar nunca, y sin detenerse. Recorría su dominio, misterioso, inexplicable, su esencia milagrosa disimulada en la trivialidad de un carrito de supermercado como todos.

Tanto los empleados como los clientes estaban demasiado ocupados para apreciar este fenómeno secreto, que por lo demás no afectaba a nadie ni a nada. Yo fui el único en descubrirlo, creo. O más bien, estoy seguro: la atención es un bien escaso entre los humanos, y en este asunto se necesitaba mucha. No se lo dije a nadie, porque se parecía demasiado a una de esas fantasías que se me suelen ocurrir, que me han hecho fama de loco. De tantos años de ir a hacer las compras a ese lugar, aprendí a reconocerlo, a mi carrito, por una pequeña muesca que tenía en la barra; salvo que no tenía que mirar la muesca, porque ya de lejos algo me indicaba que era él. Un soplo de alegría y confianza me recorría al identificarlo.

Lo consideraba una especie de amigo, un objeto amigo, quizás porque en la naturaleza inerte de la cosa el carrito había incorporado ese temblor mínimo de vida a partir del cual todas las fantasías se hacían posibles. Quizás, en un rincón de mi subconsciente, le estaba agradecido por su diferencia con todos los demás carritos del mundo civilizado, y por habérmela revelado a mí y a nadie más. Me gustaba imaginármelo en la soledad y el silencio de la medianoche, rodando lentísimo en la penumbra, como un pequeño barco agujereado que partía en busca de aventuras, de conocimiento, de amor (¿por qué no?). ¿Pero qué iba a encontrar, en ese banal paisaje, que era todo su mundo, de lácteos y verduras y fideos y gaseosas y latas de arvejas?

Y aún así no perdía la esperanza, y reanudaba sus navegaciones, o mejor dicho no las interrumpía nunca, como el que sabe que todo es en vano y aun así insiste. Insiste porque confía en la transformación de la vulgaridad cotidiana en sueño y portento. Creo que me identificaba con él, y creo que por esa identificación lo había descubierto. Es paradójico, pero yo que me siento tan lejos y tan distinto de mis colegas escritores, me sentía cerca de un carrito de supermercado. Hasta nuestras respectivas técnicas se parecían: el avance imperceptible que lleva lejos, la restricción a un horizonte limitado, la temática urbana. Él lo hacía mejor: era más secreto, más radical, más desinteresado.

Con estos antecedentes, podrá imaginarse mi sorpresa cuando lo oí hablar, o, para ser más preciso, cuando oí lo que dijo. Habría esperado cualquier cosa antes que su declaración. Sus palabras me atravesaron como una lanza de hielo y me hicieron reconsiderar toda la situación, empezando por la simpatía que me unía al carrito, y hasta la simpatía que me unía a mí mismo, o más en general la simpatía por el milagro.

El hecho de que hablara no me sorprendió en sí mismo, porque lo esperaba. De pronto sentí que nuestra relación había madurado hasta el nivel del signo lingüístico. Supe que había llegado el momento de que me dijera algo (por ejemplo que me admiraba y me quería y que estaba de mi parte), y me incliné a su lado simulando atarme los cordones de los zapatos, de modo de poner la oreja contra el enrejado de alambre de su costado, y entonces pude oír su voz, en un susurro que venía del reverso del mundo y aun así sonaba perfectamente claro y articulado:

–Yo soy el Mal.

César Aira, El carrito