Vuelta a la normalidad

En Madrid, quiero decir. Al menos en cuanto a la furia navideña se refiere. Siguen los colgajos luminarios pero bien apagados, que fuera de las fechas autorizadas está muy feo ser tan derrochador.

Después del trabajo fuimos a comer a La Candelita (Barquillo, 30), un restaurante que se define como estilo libre latino. Lo que más nos gustó sin duda fue el ceviche de langostinos (lo volvería a pedir, sin duda). También probamos las arepitas y las empanadillas fritas (podría no volver a comerlas sin problema), pero en este caso estaban buenas sin más; eso sí, nada aceitosas, y eso nosotras lo agradecemos mucho. El lugar es muy agradable y está dividido en tres espacios: café, bar y comedor, así que puedes pasarte prácticamente todo el día allí dentro si es lo que te apetece. Y tienen una buena lista de cócteles, aunque ayer no probamos ninguno.

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Luego paseíto, hablar sin parar, comme il faut y despedida hasta el lunes. Esto sí que es buena manera de arrancar con el fin de semana.

Madrugón feliz

Despertarse pronto sin ninguna obligación.

Un lujo que antes desperdiciaba por rebañar unas horas de sueño que hacía horas que ya era excesivo.

En Navidad, sin tener que ir a trabajar, sintiendo algo de frío en las orejas, pasando por calles casi vacías, un rato antes de que se colmen hasta la madrugada. Madrid es un lujo cuando puedes conocerla de tú a tú, cuando conoces las calles por las que hay que pasar para estar tranquila aun cuando es hora punta.

Los sábados por la mañana, cuando el sol te ciega hasta que doblas la esquina adecuada y te das cuenta del momento exacto en el que empieza a calentar. Y entonces ya puedes ir corriendo al Palentino a tomar un café, cuando todo es tan diferente a las risas vespertinas de botellín y bocadillo de lomo.

Y mañana es domingo, y habrá que repetir.