Predominicales

Las rutinas del sábado están a punto de llegar a su fin.

Afortunadamente.

Es el penúltimo fin de semana en el que me levantaré más temprano que los días laborables o que sentiré la mala conciencia de despertar a mediodía, cuando mis compañeros llevan cuatro horas aguantando un chaparrón que nunca es bien recibido si llega con sueño y de resaca.

Se acabó llegar una hora tarde y sonreír al profesor como si nada.

Se acabó constatar la asistencia arrastrando un perezoso beso sobre la hoja de firmas.

Se acabó impacientarse esperando la hora del descanso, que nunca llega, y que intentamos acelerar cuchicheando o pasando con cierta inquina las páginas del suplemento predominical.

Suplementos  constituidos por el azar y la mentira a partes iguales.

Fotos malas y viejas glorias que no se lavan la cara desde hace décadas.

Dentro del aula, lo mismo. Semana tras semana.

Y una compañera retrasada cuyas preguntas podrían desesperar a un lemur.

¿Que si lo vamos a echar de menos?

No, no lo creo.