DOMINGVS CLXI

Decumano Maggiore de Nápoles
Carlos Carreter

**

No todas las lavanderías son tristes.
Allá en el Pueblo, la que frecuentaba
era un sitio hecho para leer y contemplar
qué ponían en el programa delicado las mujeres.
Era más joven entonces y quería vivir
en una ciudad, y ser uno más entre
los pobres elegantes. Ahora estas mujeres
en el Lavado Y Secado, manoseando las monedas
en esta terrible claridad, parecen, simplemente, cansadas.
Quizá todas las mujeres de Bank Street
estuvieran cansadas; no me habría dado cuenta.
Quizá todas las mujeres en cualquier lugar estén cansadas
e incluso las cosas más ligeras y encantadoras
a veces las perciban como una carga de la que desprenderse—
bien entrada la noche, digamos, con el humor equivocado,
y alguien esperando con una sonrisa.
Hoy estas máquinas parecen
las máscaras estancas de los buceadores del fondo del mar,
y lo que gira en ellas es confusión
controlada, algo que cada uno de nosotros comprende.
Pongo juntas mi ropa blanca y de color,
como siempre hago, y una joven
con un crío y una camiseta en la que pone
Vive Libre o Muere dice No, así está mal.
Le digo que estoy interesado en la velocidad.
No digo que tengo una casa
con un cuarto para lavar y secar, o
que mi ropa es suficientemente vieja para no desteñir.
Tampoco digo que no he pisado
una lavandería desde hace 20 años.
Esto podría ser una estación de bus a juzgar
por la mirada fija de las caras solitarias, pero ella
tiene a un crío al que regañar, nada de tiempo para mirar.
Estoy lejos de casa. Quién sabe
qué les parezco a aquellos que miran tan fijamente
o qué es lo que, a ellos, les revela mi colada.
He aquí a un hombre limpio, podrían estar pensando.
Debe de haber hecho algo muy malo.

Stephen Dunn

***

– Por Cristo, que alguien me diga a dónde van a parar los altos días claros, mi infancia ligera, mi juventud despreocupada. Era tan fácil ser pequeño y traer notas. El pequeño Austin con su pequeño lápiz rojo. ¿Es que existe en algún sitio una especie de depóstio de residuos donde alguien almacena alegremente nuestros momentos dichosos? Si es así, yo a ese lugar lo llamaría Dios.

Eloy Tizón, Austin

****

No es más limpio el que más limpia, sino el que menos ensucia.

Dicho popular

*****

El detegente es parte de nuestra vida diaria, tiene diferentes colores y perfumes, puede ser líquido o sólido (en el caso de los jabones)… pero ¿pensaste alguna vez cómo funciona esta sustancia?Hay sustancias que se disuelven en agua, como por ejemplo la sal, y otras que no lo hacen, como por ejemplo el aceite. El agua y el aceite no se mezclan, de modo que si tratamos de limpiar una mancha grasienta en la ropa o en la piel, el agua no es suficiente. Necesitamos detergente.

El detergente está formado por moléculas con una cabeza afín al agua (hidrofílica) y una larga cadena que huye del agua (hidrofóbica).
Debido a ese dualismo, las moléculas de detergente actúan como un diplomático, mejorando la relación entre el agua y la grasa. ¿Cómo? Cuando se añade detergente al agua, sus cabezas hidrofílicas se proyectan hacia el agua, mientras que las largas cadenas hidrofóbicas se unen a las partículas de grasa y permanecen en el interior (escapando del agua). De esa forma, se forman grupos circulares llamados micelas, con el material graso absorbido dentro y atrapado.

Se origina entonces una emulsión de aceite en agua, lo cual significa que las partículas de aceite quedan suspendidas en el agua y son liberadas de la ropa. Con el aclarado, la emulsión es eliminada. En resumen, el detergente limpia actuando como emulsificante, permitiendo que el aceite y el agua se mezclen, eliminándose las manchas durante el aclarado.

Del Blog Los átomos de Demócrito

******

*******

LA BLANQUISIDORA

La Blanquisodra es blanquísima y respira en lencerías. Sus dedos son estrictos, sus ojos, angulosos. Aunque no recuerda haberse resfriado nunca, su voz es, sin embargo, un poco ronca. Dice que jamás ha tenido un sueño y uno le cree.

Muchos acuden a ella en busca de orden. Es irresistible. Habla poco, pero lo que dice tiene la fuerza dogmática de toda una Iglesia. No se ha estipulado que rece, ella es su propia Iglesia. Cuando celebra la blancura, uno se avergüenza de haber vivido tanto tiempo en la inmundicia. Todo es inmundo comparado con ella, no hay mentís que valga. Abre mucho sus ojos angulosos, los dirige serenamente hacia uno y le hace sentir un resplandor que surge desde dentro. Es como si uno mismo llevara dentro todos sus manteles estrictamente doblados, nunca estirados, formando un blanquísimo montón, para siempre, para siempre.

Sin embargo, jamás está del todo contenta, pues hasta ella encuentra manchas entre la blancura de su lencería. ¡Y hay que ver cómo se pone al descubrir un punto diminuto! Se vuelve un peligro, una serpiente venenosa. Abre la boca y muestra sus horribles colmillos ponzoñosos. Se yergue y silva antes de atacar: ¡ay de la pobre manchita! Ha habido casos en que el miedo la hacía desaparecer y la Blanquisidora se pasaba horas y horas buscándola con insistencia. Pero otras veces no desaparece. Y es como si pasara un huracán. Coge la pieza de lencería -no la coge sola, sino con otras veinte que ya estaban apiladas- y, sin perder un instante, comienza a lavar de nuevo el enorme fardo.

En momentos como ese es preferible dejarla sola, pues su furia no conoce límites. Lava también todo cuanto esté a su alcance: mesas, sillas, camas, gente, animales. Es como en el Juicio Final. Nada halla gracia ante sus angulosos ojos. Hombres y animales son lavados hasta morir. Es como antes de la creación del mundo. La luz es separada de las tinieblas. Y ni el mismo Dios está ya muy seguro de lo que hará.

Elias Canetti, El testigo oidor

DOMINGVS CXLI

*

La torre de Babel
Pieter Brueghel, el Viejo

**

RENCORES

Fácil que cualquier cosa nos ocurra.
Arañamos los cielos, nos volvemos escombros.
Años y años los hombres han sentido
una cosa y han hecho la contraria.

Zona Cero, ¿es posible llegar más bajo?
Ahora ya teníamos una nueva definición de lo personal,
supimos que cualquier cosa puede ocurrir.

Sólo hace falta un poco de práctica,
para empañar un motivo,
tratando de pasar inadvertido mientras
se fragua lo terrible,
haciendo ahora una cosa y pensando la contraria.

Pero ¿quién de nosotros no cobija
un rencor o un secreto? Hay demasiado
que no se puede borrar.
Y de esto se deriva el simple hecho
de que casi cualquier cosa puede ocurrir,

como hombres ascendiendo por el aire
de la democracia,
sin ninguna intención de aterrizar,
la coartada perfecta de haber dicho una cosa
queriendo decir la contraria.

Antes de que nos demos cuenta ya ha terminado.
De pronto falta alguien en la mesa.
Es fácil, ya lo sé, que pase cualquier cosa
cuando sienten los hombres de una forma
y hacen la contraria.

Stephen Dunn

***

Todo el mundo está de acuerdo, los aviones se ven diferentes estos días, predatorios o condenados. Henry sabe que es un truco de sus ojos pensar que puede ver ahora una silueta, una forma de negro más oscura contra la oscuridad. El rugido de un motor en llamas continúa creciendo. No le sorprendería ver luces aproximándose por el cielo, o la plaza llena de residentes en pijama. A su lado Rosalind, experta en excluir de su sueño los ruidos nocturnos de la ciudad, cambia de postura. Es probable que el ruido no sea más molesto que una sirena cruzando Euston Road. El núcleo de ardiente blanco y la cola se han hecho más grandes —ningún pasajero sentado en esa zona central del avión podrá sobrevivir. Ese es el otro elemento familiar —el horror de lo que no se puede ver. La catástrofe observada desde una distancia segura. Observar una muerte a gran escala pero sin ver morir a nadie. Sin sangre, sin gritos, sin figuras humanas en absoluto… y en este vacío la servicial imaginación dándose rienda suelta. La lucha a muerte en la cabina de mando, un grupo de pasajeros valientes reuniéndose antes de la última carga desesperada contra los fanáticos. Para escapar del calor de ese fuego ¿a qué parte del avión debería uno ir corriendo? El fin del piloto puede parecer menos solitario de alguna manera. ¿Es una estupidez patética levantarte del asiento para sacar del compartimento superior tu maleta, o un optimismo necesario? ¿Se atreverá ahora la señorita maquillada que tan amablemente te sirvió el croissant y la memerlada a impedir que te levantes?

Ian McEwan, Saturday

****

Temo que lo único que he logrado haya sido despertar
a un gigante que dormía y llenarlo con una rabia terrible.

Almirante Yamamoto (palabras pronunciadas después
del ataque de Pearl Harbor el 7 de diciembre de 1941)

*****

Hace diez años exactos todos nos levantamos en un mundo, en una mañana, como la Marzena de Mayra Montero, “toda ella blandita y quieta”. Era un mundo triunfante, un mundo que, según Francis Fukuyama, había sigo testigo del “Fin de la Historia” con la derrota del comunismo; un mundo que ante la muerte se preocupaba sólo de sus pudores, de que le subieran los calzoncillos como al emperador Maximiliano en el frío de su última hora; un mundo, sí, de azul y oro; elástico, pastoral, adolescente, definitivo, un mundo que era land of the free and home of the brave.

Aquel día nos levantamos con nuestra desnudez e inocencia todavía prendidas al calor de las sábanas. Fiestas de cumpleaños se habían celebrado la noche antes. Habíamos intercambiado palabras y besos. Alguien mencionó un ligero dolor de muelas, y todos nos habíamos reído. Así que no, no fue especialmente difícil levantarse y volvernos para contemplar otro desnudo más hermosos que aún dormía de perfil a nuestro lado con su nombre de Ana, con su nombre de Fátima, o Carmen… o de Daniel o de Antonio o Federico y aspirar con ternura, es casi seguro, “como si descubriéramos que era posible vivir dentro del agua, respirando suavemente en la profundidad”.

Pero entonces pasó aquello.

La imaginación más cruel había sido capaz de concebir aquello. Como relámpagos de luz helada. Como telegramas mandados desde el centro del dolor. Y nosotros, en medio de la lluvia de astillas, en medio de la vorágine incrédula, fuimos tomando poco a poco conciencia de una sombra: un hombre, un hombre que silbando se deslizaba por los pasillos del Louvre (en una mano un martillo, en la otra un buril) para desfigurar el rostro de mármol de Proserpina. Nuestra desnudez se convirtió de pronto en desnudo. En ese momento entendimos que “fácil es que cualquier cosa nos ocurra” y nuestra especie se volvió más frágil, quebradiza y repugnante como huevos de araña.

*

Aquel día nos levantamos con estatuas de Bernini cantando en los pasillos y nos acostamos con torres heridas por un rayo.

Fue el día de la decimosexta carta del Tarot.

“La imagen de una torre semiderruida por un rayo que cae en la parte superior (cabeza). Esta torre es la columna del poder. Los ladrillos son de color de carne para ratificar que se trata de una construcción viviente, imagen de un ser humano. El naipe expresa el peligro al que conduce todo exceso de seguridad en sí mismo, y su consecuencia: el orgullo. Megalomanía, persecución de quimeras y estrecho dogmatismo son los contextos del símbolo”.

Puede que esta imagen (la torre rota) sea el mejor símbolo de nuestra nueva época, aquella que inauguró la barbarie hacie diez años.

Quizás la otra imagen, como se verá en la última sección de este Domingus, sea la de un carrito de la compra que habla.

Pero ¿quién, quién lo hubiera imaginado en aquellos días de azul y oro? ¿Quién hubiera sospechado el cáncer larvándose bajo los labios de nuestras novias? Nadie. Y sin embargo, en las largas carreteras interestatales (en sus cunetas de arena y roca) ya se habían encontrado por aquel entonces, sí, cientos, miles de alfileres clavados en sórdidas muñecas de voodoo.

******

Who by fire
Leonard Cohen
(2:35 min)

La letra de esta canción está basada, en parte, en la Unetanah Tokef, una de las oraciones que los judíos rezan en Yom Kipur, el Día del Perdón, que es también el día en el que Dios elige la muerte de aquellos que han de morir a lo largo del año.

Esta es la letra de la canción de Cohen.

Y quién por fuego, quién por agua,
quién cuando el sol brille, quién cuando la noche caiga,
quién por el más grande de los calvarios,
quién de la forma más tonta,
quién en tu alegre, alegre mes de mayo,
quién por un lento declive,
y quién, ¿quién debo decir que llama?

Y quién en su triste lencería,
quién por barbitúrico en la cama,
quién en estos reinos del amor,
quién con un objeto sin punta,
quién por avalancha, quién por dinamita,
quién por su hambre, quien por su avaricia
y quién, ¿quién debo decir que llama?

Y quién por un “sí” valiente, quien por accidente
quién en soledad, quién en este espejo,
quién por su propia mano, quién por orden de su dama,
quien en cadenas mortales, quién en lo alto de la torre,
y quién, ¿quién debo decir que llama?

*******

Uno de los carritos de un gran supermercado del barrio donde yo vivía rodaba solo, sin que nadie lo empujara. Era un carrito igual que todos los otros: de alambre grueso, con cuatro rueditas de goma (las de adelante un poco más juntas que las de atrás, lo que le daba su forma característica) y un caño cubierto de plástico rojo brillante desde el que se lo manejaba. Tan igual era a todos los demás que no se lo distinguía por nada. Era un supermercado enorme, el más grande del barrio, y el más concurrido, así que tenía más de doscientos carritos. Pero el que digo era el único que se movía por sí mismo. Lo hacía con infinita discreción: en el vértigo que dominaba el establecimiento desde que abría hasta que cerraba, y no hablemos de las horas pico, su movimiento pasaba inadvertido. Lo usaban como a todos los demás, lo cargaban de comida, bebidas y artículos de limpieza, lo descargaban en las cajas, lo empujaban de prisa de góndola en góndola, y si en algún momento lo soltaban y lo veían deslizarse un milímetro o dos, creían que era por la inercia.

Solamente de noche, en la calma tan extraña de ese lugar atareadísimo, se hacía perceptible el prodigio, pero no había nadie para admirarlo. Apenas si de vez en cuando algún repositor, de los que empezaban su trabajo al amanecer, se sorprendía de encontrarlo perdido allá en el fondo, junto a la heladera de los supercongelados o entre las oscuras estanterías de los vinos. Y suponían, naturalmente, que se lo habían dejado olvidado allí la noche anterior. El super era tan grande y laberíntico que no tenía nada de raro, ese olvido. Si en esa ocasión, al encontrarlo, lo veían avanzar, y si es que notaban ese avance, que era tan poco notable como el del minutero de un reloj, se lo explicaban pensando en un desnivel del piso o en una corriente de aire.

En realidad, el carrito se había pasado la noche dando vueltas por los pasillos entre las góndolas, lento y silencioso como un astro, sin tropezar nunca, y sin detenerse. Recorría su dominio, misterioso, inexplicable, su esencia milagrosa disimulada en la trivialidad de un carrito de supermercado como todos.

Tanto los empleados como los clientes estaban demasiado ocupados para apreciar este fenómeno secreto, que por lo demás no afectaba a nadie ni a nada. Yo fui el único en descubrirlo, creo. O más bien, estoy seguro: la atención es un bien escaso entre los humanos, y en este asunto se necesitaba mucha. No se lo dije a nadie, porque se parecía demasiado a una de esas fantasías que se me suelen ocurrir, que me han hecho fama de loco. De tantos años de ir a hacer las compras a ese lugar, aprendí a reconocerlo, a mi carrito, por una pequeña muesca que tenía en la barra; salvo que no tenía que mirar la muesca, porque ya de lejos algo me indicaba que era él. Un soplo de alegría y confianza me recorría al identificarlo.

Lo consideraba una especie de amigo, un objeto amigo, quizás porque en la naturaleza inerte de la cosa el carrito había incorporado ese temblor mínimo de vida a partir del cual todas las fantasías se hacían posibles. Quizás, en un rincón de mi subconsciente, le estaba agradecido por su diferencia con todos los demás carritos del mundo civilizado, y por habérmela revelado a mí y a nadie más. Me gustaba imaginármelo en la soledad y el silencio de la medianoche, rodando lentísimo en la penumbra, como un pequeño barco agujereado que partía en busca de aventuras, de conocimiento, de amor (¿por qué no?). ¿Pero qué iba a encontrar, en ese banal paisaje, que era todo su mundo, de lácteos y verduras y fideos y gaseosas y latas de arvejas?

Y aún así no perdía la esperanza, y reanudaba sus navegaciones, o mejor dicho no las interrumpía nunca, como el que sabe que todo es en vano y aun así insiste. Insiste porque confía en la transformación de la vulgaridad cotidiana en sueño y portento. Creo que me identificaba con él, y creo que por esa identificación lo había descubierto. Es paradójico, pero yo que me siento tan lejos y tan distinto de mis colegas escritores, me sentía cerca de un carrito de supermercado. Hasta nuestras respectivas técnicas se parecían: el avance imperceptible que lleva lejos, la restricción a un horizonte limitado, la temática urbana. Él lo hacía mejor: era más secreto, más radical, más desinteresado.

Con estos antecedentes, podrá imaginarse mi sorpresa cuando lo oí hablar, o, para ser más preciso, cuando oí lo que dijo. Habría esperado cualquier cosa antes que su declaración. Sus palabras me atravesaron como una lanza de hielo y me hicieron reconsiderar toda la situación, empezando por la simpatía que me unía al carrito, y hasta la simpatía que me unía a mí mismo, o más en general la simpatía por el milagro.

El hecho de que hablara no me sorprendió en sí mismo, porque lo esperaba. De pronto sentí que nuestra relación había madurado hasta el nivel del signo lingüístico. Supe que había llegado el momento de que me dijera algo (por ejemplo que me admiraba y me quería y que estaba de mi parte), y me incliné a su lado simulando atarme los cordones de los zapatos, de modo de poner la oreja contra el enrejado de alambre de su costado, y entonces pude oír su voz, en un susurro que venía del reverso del mundo y aun así sonaba perfectamente claro y articulado:

–Yo soy el Mal.

César Aira, El carrito