04 TEA

04: No volver nunca. A los lugares en los que fuimos felices o desdichados, por eso de mantener la nostalgia. Yo no volveré nunca a Veracruz, como Enrique Tenorio, solo por eso de mantener la nostalgia, aunque yo no he estado nunca allí y él lo afirmaba solo por eso de tener un lugar que añorar, como recurrente recurso literario: “Pero no pienso en la vida nunca volver, pues sé muy bien que la nostalgia de un lugar sólo enriquece mientras se conserva como nostalgia, pero su recuperación significa la muerte”.

Pero fíjate bien cómo Veracruz se parece demasiado a lugares que amo demasiado como para renunciar a ellos… Creo que no sería mala idea sentir nostalgia de Veracruz como transposición simbólica de esas ciudades a las que deseo volver y volver, volver y volveeeeeeeeeeeer:

Veracruz, desde hoy y para siempre, serás mi ciudad prohibida, la de los bellos recuerdos y las tristezas impasibles.

Aunque empiezo a constatar, después de mucho tiempo sospechándolo, que tiendes, tendemos, a engañarnos demasiado con demasiada frecuencia, que a estos pequeños cuerpos sin almas certificadas les resulta demasiado fácil pervertir sus estados de ánimo (ANIMAE CONFIRMATAS NUNQUAM ANIMAE ERUNT) y proyectar aquello que, aun inconscientemente, están deseosos de experimentar. Y así nos luce el pelo. Pero creo que la demasiada literatura puede conducirnos a un estado de distanciamiento tal que nos haga capaces (si no de volvernos locos, como algún caso se atestiguó en más de un tiempo y lugar) de reírnos de nosotros mismos y huir de los desatinos impostados. No sin hallar cierto riesgo en tanta cordura: “¡Pobre Antonio! No sabía que el sentido común sólo lleva al suicidio.”.

Y no son menos quienes se han suicidado porque sus supuestas almas les dictaron que, mejor que dejar pasar el tiempo para curar las heridas, la solución más adecuada era marcharse por la puerta de atrás, dando un portazo, mientras su encolerizada dama bajaba aún por las escaleras que conducían a una nueva vida libre de sus brotes de genialidad y mala leche. ¿O qué otra fuerza desastrosa podría haber llevado al (supuestamente, también) lúcido Larra a cometer tremendo atropello?

Uno y otro extremo, radical locura, extralimitada cordura, nadie va a querer explicármelas; pero ahí están. Y son peligrosas. Y entre tanto la vida sigue y tenemos decisiones que tomar:

“Sabemos que es así, pero nos da igual. Porque, en momentos como ese, uno no calla. Al diablo con Beckett. Bamba, la bamba, la bamba. Y brota la palabra.”


De Vila-Matas nunca sabremos si está demasiado cuerdo o excesivamente loco. Fotografiado por Daniel Mordzinsky.

03 TEA

03: Mira, quizá ya no importa tanto. Tal vez todo comenzó -todas esas nadas que aún no he escrito- cuando aún leía los libros blancos de Barco de Vapor, o quizá fuese aquel álbum de Blancanieves que apenas tenía texto, de hermosas ilustraciones y las páginas de cartón duro, con una fina película de plástico transparente que se fue levantando con el tiempo hasta que la niña inquieta tiró demasiado de ella y perdió parte de ese poco texto y de esas ilustraciones, ahora mucho menos hermosas, pero con mucho más carácter.

No recuerdo qué fue de ese libro, ni de otros que igualmente estropeé de tanto soñar en sus páginas, con las manos seguramente pringadas de témpera o chocolate. Ni sé tampoco qué podía admirar yo en esa atolondrada muchacha que huía del mundo en vez de plantarle cara; pero el caso es que años después me disfracé de princesa -una pequeña princesa que empezaba la Primaria y leía aún silabeando en voz baja, según puedo imaginar, porque esto tampoco lo recuerdo-, comí más de una manzana y huí de unos cuantos príncipes que aún hoy se creen que los necesitamos para sobrevivir.

Lo que sí me quedó es la fascinación por el libro, por el mecanismo sencillo y frágil de las imprentas, el olor a tinta fresca de las rotativas, el ajuste necesariamente riguroso de los cabezales y la compra por toneladas de pliegos de papel; aunque no me guste demasiado la certeza de que la mayoría de esos libros serán vendidos como papelote unos cuantos años después, cuando las páginas amarillas y las cubiertas comienzan a cuartearse, y el destino de ese invento perfecto que es el libro no es otro que la guillotina.

Todo eso fue creando en mí una dulce e inquietante enfermedad que consistía en comprar montones de libros, apilarlos y apretarlos en pirámides y estanterías a punto de vencerse. La mayoría los llegué a leer, pero hay otros que no saben hacerse oír o prefieren encerrar sus misterios para más adelante, tal vez no crean que estoy preparada para disfrutarlos (y posiblemente tengan razón; ¿cuándo?). Hay quienes llaman a esta enfermedad bibliofrenia, otros, pérdida de tiempo…

Y en todos mis viajes he comprado libros. Libros locales, incluso en lenguas que no entendía. Novelas, poesía, ensayos… aunque los que más me han gustado siempre han sido las antologías de leyendas y baladas populares de la tradición oral, ese manantial inmaterial que nos definía más allá de los tópicos de siempre, porque se habían forjado con la historia y el saber popular de la gente.

Y visitaba tiendas de libros: la mítica Shakespeare and Co., los bouquinistes de la Rive Gauche, pequeñas librerías anónimas, la impresionante Lello e Irmao de Oporto, que a simple vista parece comprimida en un espacio que le es insuficiente, como si no le llegara aire suficiente para respirar, y por eso sus vidrieras, sus alfombras que rampan por la escalera hacia la primera planta, y sus incomprensibles y finitos raíles olvidados han permanecido inalterables, sin siquiera albergar una mota de polvo, hasta estos días en los que estos establecimientos se desvanecen poco a poco.

Pero hoy no se lee, hoy es carnaval, uno frío, y casi triste, que nos obliga a sonreír aun sin ganas, porque en las fiestas de disfraces es preceptivo pasárselo bien, o al menos parecerlo. De ahí que el emblema del carnaval no sea más que una máscara.