Museo del Prado

Ayer estuve por primera vez (sí, es para sentirse avergonzada y sonrojarse…) en el Museo del Prado, aprovechando que un día de principios de agosto entre semana no suele haber demasiada gente por Madrid, por el inmódico precio de ocho euros (una rebajita para los residentes en la Comunidad no vendría mal para estimular las visitas autóctonas…), lo cual puede bien explicarse porque no no ingresen lo suficiente en la tienda de chuminadas, que es bastante cutrecilla y poco imaginativa (no les pido que visiten Versailles o el Louvre para tomar ideas, pero hasta el Thyssen y el Reina Sofía lo hacen mucho mejor y los turistas siempre son pródigos en dejarse dinerito en artefactos bonitos o ingeniosos para recordar y regalar).

Por no hablar de cómo está dispuesta la colección permanente, que es un poco tediosa de seguir y da saltos temporales del siglo XVI al XIX y en la siguiente planta están el XVII y el XVIII (?), por no decir que para ver la obra completa de Goya tienes que visitar tres plantas diferentes. Menos mal que me acompañaba El espía del bar, que es un hombre de recursos y siempre tiene un montón de historias y anécdotas que contar al respecto de los cuadros que íbamos viendo.

Y ni siquiera tienen un plan de actividades lo suficientemente interesante, abundante o frecuente como para plantearse estar al día.

Aún así, pasé todo el día en su interior (salvo una paradita por Huertas para tomar unas cañitas en La Dolores) y no nos saltamos ni una sala.

Sin duda es un museo en el que hay grandes obras y, además, la pintura invitada de esta temporada es el Descendimiento de Caravaggio, que han traído de los Museos Vaticanos con la excusa de que el señor malo que dirige ese pequeño Estado va a estar por Madrid estos días.

Además, es divertido encontrar imágenes perturbadoras como la que aparece en Ofrenda a Venus, de Tiziano, en la que se ve claramente como un amorcillo está violando a un conejo:

Y un montón de hombres que bien habrían podido aparecer entre Los dioses del estadio como los currelas de La fragua de Vulcano de Velázquez o el cristo stripper de Sebastiano del Piombo.

Versailles

En mi último viaje a Francia tuve la suerte de ir ¡al fin! a visitar Versailles, aunque lo hice después de no haber dormido nada la noche anterior [una no puede colgar sus responsabilidades solo por pasear el cuerpo], con un calor de infarto y correteando de un lado para otro por esa mezcla de ansia y entusiasmo que a menudo nos invade cuando salimos del país de origen.

Lo bueno es que coincidimos con la temporada en la que encienden las fuentes y pudimos disfrutar de los jardines en todo su esplendor.

Lo malo es que dos días después Philippe Jaroussky interpretaba piezas sacras y profanas de Vivaldi, entre las que se incluía el aria del Giustino Vedrò con mio diletto, por la que siento una especial debilidad.

Y aquí tres minifotos que hice con el móvil: